Archivo #4: Jugar para volver a sentir

Cuando llevas tanto tiempo en este hobby —porque sí, el tiempo vuela— corres el riesgo de acabar jugando por inercia. Aunque no sigas modas ni te dejes arrastrar por el FOMO, es fácil caer más veces de las que uno querría reconocer: jugar por pura compulsividad. Y eso, poco a poco, pasa factura. El desgaste aparece, se resiente el disfrute y se instala una sensación difícil de superar.
No pretendo engañarme: me gustan las superproducciones. Las juego y, en muchos casos, las disfruto. Pero con el tiempo algo ha cambiado. Cada vez me cuesta más entrar en ellas, y la ilusión ya no es la misma. Salvo excepciones contadas —de esas que todavía consiguen engancharme de verdad—, la mayoría acaban sintiéndose muy parecidas.
Tampoco ayuda el rumbo actual de la industria, en el que prima el producto rápido, la precuela de la secuela, la secuela del spin-off, el enésimo remake, remaster o «sucesor espiritual». Llega un punto en el que todo empieza a mezclarse y se convierte en el mismo cóctel de siempre.
Es entonces cuando necesito parar. Echar el freno. Dar un paso atrás y evitar que me lleve la corriente. Y es ahí donde el panorama indie entra en acción.
Los indies siempre han llamado mi atención por algo muy simple: su libertad. Son más creativos. Más «videojuego». Aunque también, en muchos casos, acaban ofreciendo experiencias sorprendentemente profundas e incluso transformadoras.
Con un triple A sabes más o menos a qué vienes, pero con un indie no. Y ahí radica parte de la magia. No sabes qué te vas a encontrar, y eso cambia por completo las reglas. Las sensaciones son distintas. Todo es más directo, más concentrado, como si cada una de sus mecánicas jugables tuviesen un propósito.
Quizá sea precisamente la falta de medios que los diferencia de una superproducción que son más honestos, con los pies en la tierra. Van al grano. No necesitan alargarse artificialmente con contenido de relleno para justificar su precio. Están por encima de eso. Y muchas veces, en tan solo unas pocas horas, consiguen decir más que otros juegos que intentan secuestrarnos durante decenas —o cientos— de horas.

Funcionan casi como un desengrasante. Como un pequeño bálsamo que nos recuerda por qué amamos los videojuegos. También tienen algo de vuelta a lo básico: a cuando todo era más sencillo, cuando jugar no se trataba tanto de consumir, sino simplemente de disfrutar.
Por eso creo que es tan importante dejarse atraer por ellos y apoyarlos, porque no solo son buenos para la salud de la industria, sino porque también lo son para nosotros como jugadores. Hay que jugar, sí, pero también saber a qué jugamos y por qué. Porque menos es más, y porque a veces solo necesitamos jugar al juego adecuado en el momento justo.
Y ahí el indie no tiene rival. Se convierte en una luz al final del túnel; en un refugio al que acudir cuando todo lo demás empieza a fallar. En una forma de, simplemente, volver a sentir.